De hecho, si alguien tratara de negar en absoluto la existencia de los objetos universales, hallaríamos que no podemos probar estrictamente la existencia de entidades tales como las cualidades, es decir, los universales representados por adjetivos y substantivos, mientras que podemos probar que es preciso que haya relaciones, es decir, la clase de universales generalmente representados por los verbos y las preposiciones. Tomemos, por ejemplo, el universal blancura. Si creemos que este universal existe, diremos que las cosas son blancas porque tienen la cualidad de la blancura. No obstante, este punto de vista ha sido enérgicamente negado por Berkeley y Hume, seguidos en este punto por los empiristas más recientes. La forma adoptada por su negativa consistió en no admitir la existencia objetiva de las «ideas abstractas». Si pensamos en la blancura, dicen, formamos la imagen de alguna cosa blanca particular y razonamos sobre este particular cuidando de no deducir nada de él que no podamos ver que es igualmente verdadero de cualquiera otra cosa blanca. Como descripción de nuestro proceso mental efectivo, esto es sin duda ampliamente verdadero. En geometría, por ejemplo, si queremos demostrar algo relativo a todo triángulo, trazamos un triángulo particular y razonamos sobre él, cuidando de no emplear ningún carácter que no comparta con los demás triángulos. El principiante juzga con frecuencia útil, para evitar el error, trazar varios triángulos, tan diferentes entre sí como sea posible, para estar seguro de que su razonamiento se aplica igualmente a todos ellos. Pero surge una dificultad en cuanto nos preguntamos cómo conocemos que una cosa es blanca o es un triángulo. Si queremos evitar los universales blancura y triangularidad debemos escoger alguna mancha particular de blanco o algún triángulo particular, y decir que algo es blanco o es un triángulo cuando tiene la especie exacta de semejanza con el particular que hemos escogido. Pero entonces la semejanza requerida será un universal. Puesto que hay muchas cosas blancas, la semejanza debe mantenerse entre muchos pares de cosas blancas particulares; y ésta es la característica de un universal. Inútil decir que hay una semejanza diferente para cada par, pues entonces deberemos decir que estas semejanzas se asemejan entre sí, y así nos veremos forzados, en fin, a admitir la semejanza como un universal. Por lo tanto, la relación de semejanza debe ser un verdadero universal. Y una vez forzados a admitir este universal, comprenderemos que es inútil continuar inventando teorías difíciles e improbables, para evitar la admisión de universales como la blancura y la triangularidad.
(...)
Ahora que hemos visto la necesidad de que entidades tales existan como universales, es preciso demostrar que su esencia no es meramente mental. Es decir, que la esencia que les pertenece, sea la que fuere, es independiente de que sean pensadas o aprehendidas en algún modo por un espíritu. Nos hemos referido ya a este asunto al final del capítulo precedente, pero debemos considerar ahora, de un modo más completo, qué clase de esencia pertenece a los universales.
Consideremos una proposición como,«Edimburgo está al norte de Londres». Tenemos aquí una relación entre dos lugares, y parece evidente que la relación subsiste independientemente del conocimiento que tenemos de ella. Cuando aprendemos que Edimburgo está al norte de Londres, aprendemos algo que se refiere sólo a Edimburgo y Londres; no somos causa de la verdad de la proposición porque la conozcamos; al contrario, aprendemos simplemente un hecho que era ya antes de que lo conociéramos. La parte de la superficie de la tierra en que está Edimburgo estaría al norte del lugar en que está Londres aunque no hubiera ningún ser humano para conocer el norte y el sur, y aunque no hubiera en absoluto espíritus en el Universo. Esto, naturalmente, muchos filósofos lo niegan, ya por las razones de Berkeley, ya por las de Kant. Pero hemos considerado ya estas razones y decidido que son defectuosas. Podemos admitir, pues, como verdadero que nada mental es presupuesto en el hecho de que Edimburgo esté al norte de Londres. Pero este hecho implica la relación «al norte de», que es universal; y sería imposible que el hecho total nos envolviese nada mental si la relación «al norte de», una de las partes constituyentes del hecho, implicara algo mental. Debemos admitir, pues, que la relación, lo mismo que los términos relacionados, no depende del pensamiento, sino que pertenece al mundo independiente que el pensamiento aprende pero no crea.
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Bertrand Russell, "Los Problemas de la Filosofía"
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Ahora que hemos visto la necesidad de que entidades tales existan como universales, es preciso demostrar que su esencia no es meramente mental. Es decir, que la esencia que les pertenece, sea la que fuere, es independiente de que sean pensadas o aprehendidas en algún modo por un espíritu. Nos hemos referido ya a este asunto al final del capítulo precedente, pero debemos considerar ahora, de un modo más completo, qué clase de esencia pertenece a los universales.
Consideremos una proposición como,«Edimburgo está al norte de Londres». Tenemos aquí una relación entre dos lugares, y parece evidente que la relación subsiste independientemente del conocimiento que tenemos de ella. Cuando aprendemos que Edimburgo está al norte de Londres, aprendemos algo que se refiere sólo a Edimburgo y Londres; no somos causa de la verdad de la proposición porque la conozcamos; al contrario, aprendemos simplemente un hecho que era ya antes de que lo conociéramos. La parte de la superficie de la tierra en que está Edimburgo estaría al norte del lugar en que está Londres aunque no hubiera ningún ser humano para conocer el norte y el sur, y aunque no hubiera en absoluto espíritus en el Universo. Esto, naturalmente, muchos filósofos lo niegan, ya por las razones de Berkeley, ya por las de Kant. Pero hemos considerado ya estas razones y decidido que son defectuosas. Podemos admitir, pues, como verdadero que nada mental es presupuesto en el hecho de que Edimburgo esté al norte de Londres. Pero este hecho implica la relación «al norte de», que es universal; y sería imposible que el hecho total nos envolviese nada mental si la relación «al norte de», una de las partes constituyentes del hecho, implicara algo mental. Debemos admitir, pues, que la relación, lo mismo que los términos relacionados, no depende del pensamiento, sino que pertenece al mundo independiente que el pensamiento aprende pero no crea.
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Bertrand Russell, "Los Problemas de la Filosofía"












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